Noviembre de 2006 , día 10

Bueno, tras poco más de cuatro horas de sueño, Yolanda (compañera sentimental y profesional) y yo tomamos el tren de Jerez a Sevilla. Vamos con el tiempo justo para llegar y correr hasta la vía donde se encuentre nuestro AVE. Una vez cómodos, es la primera vez que ambos usamos el tren de alta velocidad, llamamos a Roberto Hoyas para preguntarle si está en el tren. Su respuesta es afirmativa, cosa que me tranquiliza, ya que hubiera sido una putada presentarse en Valladolid sin él. Vamos montados en vagones distintos y las dos horas y media de viaje me las paso leyendo el libro “La mirada del director” y jugando a la PSP. La verdad es que se me pasa el tiempo volando. Muy chulo coger el AVE pero la verdad es que con nuestra precaria situación económica coger el ave será prácticamente cosa de fiesta nacional.

Después en Madrid tomamos otro tren que nos lleva a Valladolid, ya con Roberto a nuestro lado. El recorrido son casi tres horas, pero llegamos con un retraso de unos cuarenta y cinco minutos, así que nos encajamos en el destino aproximadamente a las seis de la tarde.

Supongo que en nuestro rostro será fácil adivinar los surcos del cansancio porque Augusto, el hombre que se encarga de organizar lo de Valladolid, es lo primero que nos dice al vernos llegar cargados con nuestras maletas. Yolanda me avisó en pleno viaje que tenía los ojos excesivamente rojos, pero es que no podía ser de otra forma, apenas había dormido en toda la semana.

Nos llevan al hotel, más o menos en el centro, allí nos hace una entrevista una periodista joven (por cierto, felicidades por el artículo, breve, conciso y muy bien escrito en mi humilde opinión) de un periódico, creo que El Norte de Castilla. Luego cada uno a su habitación y nos damos una ducha rápida para estar preparados para el preestreno, al que, sin poder remediarlo, vamos a llegar con retraso.

Nos regalan unas botellitas de buen vino y en el trayecto en coche vemos las calles de Valladolid, limpias y ordenadas, como una casita de muñecas gigante, también apreciamos sus iglesias y monumentos históricos, del que conocemos anécdotas a través de una de las organizadoras del evento.

Llegamos a los Cines Manhattan, nos echamos unas fotos y entramos en la sala, atestada por 300 jóvenes (y no tan jóvenes) universitarios. Me da el canguelo. No soy una persona de las que se ponen nerviosas con facilidad y no tengo temor hablar en público, de hecho hablo mejor para trescientas personas que para uno solo, pero joder, creo que es normal que haya cierta tensión cuando vas a presentar tu película ante un montón de gente que no conoces de nada y que a lo mejor quieren lincharte salvajemente tras su visión (o durante ella).

Hago una breve charla introductoria de la que no me quedo muy contento, y cedo la palabra a Roberto y Yolanda. Luego las luces se apagan y empieza la película. Es la primera vez que la puedo ver en un cine comercial pero aún así me salgo fuera porque tengo miedo de la reacción del cuantioso público. Es mi intención no entrar pero es Yolanda la que prácticamente nos convence a Roberto y a mi de que no va a pasar nada, de que todo va a salir bien. Le hago caso, al fin y al cabo no será para tanto, y como decía Manuel Summers: “To el mundo es bueno”.

Así que volvemos a entrar amparándonos en la oscuridad. Sólo las primeras filas están desocupadas, así que allí nos sentamos. Prácticamente parece que la pantalla va a caer sobre nosotros en cualquier momento.

Para mi sorpresa la respuesta de los jóvenes vallisoletanos es cojonuda y rién incluso más que en el estreno de Sevilla. Estoy seguro que a muchos quizás no les esté gustando pero las vibraciones que se reciben son positivas. La gente ríe y se les nota metidos en la película. Al terminar incluso les da por aplaudir. Contando que el ver la película no les ha salido gratis es un gran logro para “Pobre Juventud”.

Y termino un poco enfadado, se lo cuento a Yolanda, porque hemos y estamos sufriendo mucho para sacar la película adelante y todos esos productores y gente seudo importante (es decir, con dinero) de España no han creído en la película y me hubiera gustado que estuvieran ahí sentados y vieran que la peli gusta, al menos mucho más que en esas porquerías donde se gastan más de tres millones de euros y nadie tiene la intención de ver. Pero esto es algo muy largo de contar, y también muy penoso, porque jamás lograré entender que está pasando en un negocio como éste, al que ya es complicado llamar negocio porque otros nombres les vendrían mejor (sinvergonzonería, por ejemplo).

Al término vamos a cenar con la gente de la organización. Comemos jugosa carne abundantemente y no nos queda más remedio que desabrocharnos los botones de los pantalones para poder disfrutar de la velada sin que haya peligro de que algún momento explotemos. Charlamos sobre cine y comentamos cosas de la película, las negativas y las positivas. La verdad es que nos lo pasamos bien.

Sin perder ni un segundo pues la madrugada se nos está echando encima, vamos a una discoteca donde se celebra una fiesta con los chicos que han asistido a los cursos organizados por la Universidad. Roberto no tarda en llamar la atención y se pasa la noche entre charlas y fotos con los universitarios. Incluso a Yolanda y a mí nos piden que posemos para unas fotos.

Nos comentan, la mayoría de las veces así como el que no quiere la cosa, que les ha gustado la película. Y que de los largometrajes que han traído en anteriores ediciones “Pobre Juventud” es el que más ha gustado con diferencia. Yo me lo creo, quizás porque me conviene y también porque parece que es cierto.

Son las tres de la madrugada, o por ahí, cuando volvemos al hotel. Por la mañana, otra vez, hay que levantarse temprano y emprender el viaje de vuelta al sur. Y bueno, hemos sacado una cosa en claro. Los del sur no somos tan diferentes a los del norte o centro, al final todos nos reímos con las mismas cosas.